Hemos hablado bastante de la Reserva Federal y de cómo sus decisiones pueden influir sobre las tasas de interés. Sin embargo, mientras toda la atención estaba puesta en qué hará la Fed en su próxima reunión, otra parte del mercado comenzó a enviar una señal bastante clara: las tasas de largo plazo no necesariamente están dispuestas a seguir el mismo camino.
La semana pasada, el Treasury estadounidense a 30 años llegó a superar el 5,3%, alcanzando niveles que no se observaban desde 2007, mientras la tasa a 10 años volvió a acercarse al 4,7%. El movimiento no estuvo provocado por un cambio en la tasa de la Fed, sino por preocupaciones bastante más estructurales: un déficit fiscal elevado, una creciente necesidad de emitir deuda y el riesgo de que las presiones inflacionarias vuelvan a aparecer en el futuro.
La situación incluso llevó al Tesoro estadounidense a anunciar que duplicará el tamaño de sus operaciones de recompra de bonos de largo plazo, buscando entregar mayor liquidez y aliviar parte de la presión que estaba experimentando el mercado. Y esto inicialmente funcionó: las tasas retrocedieron después del anuncio. Sin embargo, hacia el cierre de la semana volvieron a subir, dejando una señal importante. Estas medidas pueden ayudar a estabilizar temporalmente el mercado, pero difícilmente solucionan las razones de fondo por las cuales los inversionistas están exigiendo mayores retornos para prestar dinero al gobierno estadounidense a 20 o 30 años.
Esto abre una discusión interesante. Si las tasas de largo plazo permanecen elevadas, el propio mercado podría terminar haciendo parte del trabajo que normalmente realiza la Reserva Federal. Tasas más altas encarecen los créditos hipotecarios, el financiamiento de las empresas y, en general, el costo del capital en toda la economía. En otras palabras, aunque la Fed decida no volver a subir su tasa, las condiciones financieras podrían continuar endureciéndose igualmente.
Hasta ahora, las bolsas han soportado bastante bien este escenario. Después de tres semanas consecutivas al alza y nuevos máximos históricos, el S&P 500 retrocedió cerca de 1,4% durante la semana pasada y permanece apenas por debajo de sus máximos. La mayor debilidad volvió a concentrarse en tecnología y semiconductores, mientras otros sectores tomaron parcialmente el relevo. Por ahora, parece más una pausa dentro de la tendencia que un cambio significativo en el escenario, pero mientras más tiempo permanezcan elevadas las tasas, mayor será la presión sobre las valorizaciones de las compañías.
A esto se suma un consumidor estadounidense que continúa gastando, aunque comienza a hacerlo de manera bastante más selectiva. Los resultados de Walmart, Home Depot, Lowe’s y Target mostraron que el consumo sigue resistiendo, pero también que el aumento de algunos costos está obligando a los hogares a priorizar mejor sus gastos. Esto será especialmente importante en un escenario donde la economía ya ha comenzado a mostrar algunas señales de moderación tanto en el empleo como en la actividad.
Esta semana tendremos varias oportunidades para entender hacia dónde puede moverse el mercado. El miércoles será probablemente el día más importante. Se conocerá el PCE de julio, la medida de inflación preferida por la Reserva Federal, y Nvidia presentará sus resultados después del cierre del mercado. Después de varias semanas de dudas sobre las enormes inversiones destinadas a inteligencia artificial, sus cifras serán una nueva prueba para determinar si el crecimiento del sector continúa justificando las altas expectativas incorporadas en los precios.
Luego será el turno de Kevin Warsh en Jackson Hole. El viernes, el presidente de la Reserva Federal realizará una de sus intervenciones más importantes desde que asumió el cargo, en un momento especialmente interesante: la inflación ha comenzado a moderarse, el mercado laboral ha perdido algo de fuerza, pero las tasas de largo plazo permanecen cerca de máximos de varios años. Con una Fed que ha optado por entregar menos pistas sobre sus próximos movimientos, el mercado estará atento no solo a lo que diga sobre la próxima decisión de tasas, sino también a cómo interpreta este endurecimiento de las condiciones financieras que está ocurriendo sin necesidad de que la Fed haga nada.
En las últimas semanas, las piezas parecían comenzar a ordenarse: inflación moderándose, empleo enfriándose sin colapsar y empresas entregando buenos resultados. Ahora apareció una nueva variable que puede complicar ese equilibrio. La Fed controla directamente las tasas de corto plazo, pero no puede decidir cuánto retorno exigirán los inversionistas para financiar al gobierno durante las próximas décadas. Y si el mercado de bonos continúa exigiendo tasas cada vez más altas, quizás la pregunta deje de ser cuánto más tendrá que hacer la Reserva Federal y pase a ser cuánto del trabajo ya está haciendo el mercado por ella.
Nos vemos la próxima semana.