La semana pasada los mercados dejaron de mirar por un momento los temas que habían dominado buena parte del año —tasas, resultados, inteligencia artificial— para volver a concentrarse en algo mucho más básico, pero también mucho más sensible: la energía.
La razón, como todos sabemos, fue la intensificación del conflicto en Medio Oriente. A medida que aumentaron los enfrentamientos, el mercado comenzó a temer que el conflicto dejara de ser un problema regional y pasara a tener consecuencias económicas más amplias, especialmente si afectaba el suministro global de petróleo.
Ese temor se reflejó rápidamente en el precio del crudo. Durante la semana, el petróleo tuvo movimientos muy bruscos al alza y volvió a superar con fuerza la barrera de los US$100 por barril, impulsado por la posibilidad de interrupciones en el estrecho de Ormuz, una vía marítima clave por donde pasa una parte muy importante del petróleo que consume el mundo. Aunque muchas veces estos conflictos parecen lejanos, lo cierto es que tienen efectos muy concretos sobre la economía global: cuando sube con fuerza el precio de la energía, aumentan también los costos de transporte, producción y distribución, y eso puede terminar empujando nuevamente la inflación. En otras palabras, algo que parte como un conflicto geopolítico puede terminar influyendo directamente en el bolsillo de personas, empresas y gobiernos.
Y eso fue justamente lo que el mercado comenzó a procesar. La semana pasada no solo vimos un petróleo alto, sino nuevamente una reacción defensiva en casi todos los activos financieros. Las bolsas en Estados Unidos y Europa cerraron con caídas, el mercado se movió hacia sectores más defensivos, y el dólar volvió a fortalecerse como activo refugio. En este caso, la preocupación no pasa solo por la guerra en sí, sino por la posibilidad de que un shock energético complique el panorama económico global en un momento en que todavía se esperaba una trayectoria algo más amigable para la inflación y las tasas de interés.
Lo delicado de este episodio es que revive un riesgo que hace poco parecía más lejano: el de una economía creciendo menos, pero con inflación todavía incómoda. Ese escenario, que en los mercados suele generar bastante nerviosismo, es particularmente complejo porque limita el margen de acción de los bancos centrales. Si el petróleo se mantiene alto durante varias semanas, podría volver a presionar los precios globales y hacer más difícil que la Fed o el BCE sigan avanzando con recortes de tasas al ritmo que el mercado esperaba para este año. En simple, un alza fuerte y sostenida del petróleo no solo afecta a las compañías o a los consumidores; también cambia la forma en que el mercado piensa el crecimiento, la inflación y la política monetaria hacia adelante.
Eso ayuda a entender lo que está ocurriendo en este inicio de semana. El tono de mercado sigue siendo claramente más cauteloso. El mercado observa muy de cerca si el conflicto se estabiliza o si, por el contrario, sigue escalando. La atención está puesta especialmente en cualquier noticia relacionada con el estrecho de Ormuz, con infraestructura energética en la región o con una eventual participación más directa de otros actores. Mientras ese riesgo siga abierto, es esperable que continúe la volatilidad, sobre todo en petróleo, monedas, bolsas y tasas largas. También es probable que el dólar y otros activos refugio sigan encontrando apoyo, aunque de manera algo irregular, porque el mercado todavía no sabe si está frente a un shock acotado o a un problema más persistente.
Al mismo tiempo, hay otro elemento que no conviene perder de vista. Más allá del ruido geopolítico, esta semana también vuelve a ser importante el frente macroeconómico. De esta forma, en los próximos días hay tres cosas que vale la pena mirar. Primero, como mencionamos, la evolución del conflicto en Medio Oriente, porque sigue siendo el principal factor que explica el nerviosismo actual. Segundo, el comportamiento del petróleo, que hoy es la variable más importante para entender si este episodio quedará como un susto transitorio o si se convertirá en un problema económico más profundo. Y tercero, los datos macroeconómicos de la semana, donde el principal hito será el IPC de febrero de EE. UU. el miércoles, clave para la reunión de la Fed la próxima semana y que ayudará a definir si el mercado puede volver a enfocarse en fundamentales o si, por el contrario, deberá empezar a prepararse para un escenario más complejo.
La sensación de fondo es que entramos en una semana donde la prudencia vuelve a imponerse. Cuando la energía vuelve al centro del tablero, todo se vuelve más sensible: la inflación, las tasas, el crecimiento y el apetito por riesgo. En estos contextos, el mercado suele moverse menos por convicción y más por protección. Y aunque todavía es temprano para sacar conclusiones definitivas, lo que sí parece claro es que esta semana comenzará con una pregunta que atraviesa a todos los activos por igual: ¿hasta dónde llegará el conflicto?